domingo, 31 de agosto de 2014

Capítulo 18 "El capítulo que no merece la pena"

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Escúcheme bien, yo ya no gano para disgustos, primero... ¡Cállese y no suponga, quiere! Primero porque cuando de rebuscar y rebuscar encuentro finalmente mi certeza, la punta del ovillo, lo que se supone deseo y me hace sentir viva, luego no puedo con mi genio de contrera y sin darme un segundo de respiro ya me ando contradiciendo. A saber: descubrí en el capítulo 14 que quiero estrenar mi obra en el Teatro de Quintero. ¡Sí! De ser una excusa para charlar con él se volvió objetivo el asunto del teatro. Así que todos están ahora muy contentos y expectante con esto y entonces ya me enojo ¡Sí, me enojo! Porque qué tengo yo que andar obligada a hacer semejante cosa y de pronto todos ustedes ahí esperando cómodos en el living de su casa con el café con leche a que esta papafrita (yo) consiga irse a Sevilla, sortee los obstáculos que el universo le pone, logre el éxito rotundo, bla bla bla. Y me lo ha dejado bien en claro esta semana un periodista muy conocido de Argentina a quién no vamos a delatar en estos escritos porque quizá le cae mal y mi estupidez humana me hace creer que dependo de él cuando es claro que de lo que dependo es de mis seguidores de tuitter.

Pero no nos vayamos de tema, este buen señor me ha dicho: si conseguis Sevilla te hago la nota. Imagine mi repentino frenesí, mi algarabía ante semejante feliz amenaza y aquí está la macana: si no es usted exitoso no le hacen la nota, si no rinde no lo ayudan y así estamos compitiendo unos contra otros en esta hermosa sociedad del sálvese quien pueda.

¡El éxito! ¡El éxito! Eso que todos queremos aunque es sabido que lo vuelve a uno medio idiota y ¿sabe qué? yo ya tengo la otra mitad medio boluda así que del éxito prefiero abstenerme todavía. Por lo que de ahora en más escribiré mal. Tampoco le buscaré la vuelta a este capítulo para que encaje con algún titular importante tipo los fondos buitre, la victoria de Carlos Bianchi o las tetas de Belén Esteban cuestión que fácilmente pueda interpretar usted de qué estoy hablando y decidir si opina (al pedo) en contra o a favor. La solución al odio entre pares es el desconcierto, apunten: si no entiende no toma partido y si no toma partido no habla al ñudo y menos pelea.

Y aquí, vieja pantuflas, hago un alto porque no puedo más con mi don de gentes, honestamente he de decirle que todo lo arriba escrito es excusa, a este capítulo en realidad no le encontré la vuelta (aunque jamás se lo confesaría) ¡Y usted debería saberlo pues detrás de todo enojo espera agazapado algún julepe! ¿O me cree tan libre como para atreverme a escribir mal a propósito? Aún no... Así que así los voy a ir dejando, tengo que fijarme cuantas visitas tiene mi blog (este, si) porque aunque llegué a las diez mil y me doy cuenta de que no estaría siendo un ápice más feliz igual siento la necesidad de sumar y sumar (eso es el éxito, no?) ¿Ha visto? ¿Usted quiere que yo confíe en los políticos? Si ya ni en una se puede confiar... Calamitoso. (Capítulo siguiente pica acá y va pero es aburridísimo)

Continuara...


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