domingo, 23 de junio de 2019

Capítulo 476 "El nutriente de la vida"

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Siempre hacíamos sus planes, que era no hacer planes, o sí, hacía planes conmigo para después deshacerlos a último momento; para truncarse el propio deseo y el mío; para tener la base del melodrama venidero. Me convencía una y otra vez de quedar en algo para sentir el poder de ser dueña de mi tiempo. Y yo finalmente aceptaba. A sabiendas de que haría lo que haría. A sabiendas de que, más temprano que tarde, me daría de nuevo con su tacón en los riñones para dejarme doblada, llorando, sin aire y sin voluntad de nada por unos cuantos días. Apagaría el teléfono. Alegaría malestar, miedo, indecisión de esta relación, entonces mejor no vernos, no compartir. Eran sus boicots más comunes. Y a mi eso me partía al medio, ella lo sabía. Era su manera de sentirse amada. Si no me veía doblada, vencida, llorando de celos, asustada o suplicándole clemencia no se sentía valorada, no se sentía viva, y no se excitaba; se aburría. Por eso buscaba a otras, necesitaba sentirse furibundamente deseada todo el tiempo, necesitaba ver al otro sufrir de deseo por ella hasta los huesos. No se daba cuenta de que quien desea sentirse deseado de esa manera desbordada no guarda lugar para su propio deseo. Así como quien se percibe únicamente a sí mismo anula la capacidad de percibir a los demás, que son el nutriente de la vida.

Ella no sabía lo que hacía yo durante el día. Ni las noches que no nos veíamos. No tenía idea de qué cosas me preocupaban, qué cosas me angustiaban, qué estaba escribiendo o pergeñando, y mucho menos sabía cómo me sentía; no le interesaba. No tenía tiempo de recordar que el otro es un otro que también sufre y proyecta y necesita, tan ocupada que estaba en controlar cada cuanto le preguntaba cómo se encontraba, o cada cuanto le confesaba que me importaba muchísimo, o cada cuanto le manifestaba que quería verla, que me gustaba locamente y me moría por ella. Eso era. Ella necesitaba que me muriera por ella. A cada momento. Y me estaba matando, lentamente.

Subiendo el ascensor de hogar agrio hogar sentí que se me henchía el pecho, voy a poder con esto, claro que voy a poder, me di ánimo casi creyéndome y todo. El problema era que en estas situaciones el “casi” suele ser un problema definitorio. Me miré al espejo, vaporoso por tanta humedad. Mis pelos eran un espantoso atolladero, mezcla de llovizna y desidia y desequilibrio afectivo. Las ojeras oscuras. Estaba más flaca. Los surcos a los costados de la nariz a la boca se habían acentuado. Demacrada era la palabra. Realmente entre la Vieja y la Mina esta iba a terminar hospitalizada, si así seguía. Caminé por el pasillo blanco con las llaves en la mano y una única certeza: iba a entrar, a tomar el teléfono móvil y a bloquear a la susodicha. Era su vida o la mía. Ella lo hacía dos por tres, bloquearme, cada vez que lo necesitaba. Y yo no. Yo sentía que esa era una decisión infantil, estúpida, porque si el otro quiere te llama desde otro teléfono y listo. Pero en este caso era necesario. Así no me veía tentada de escribirle, de mirar si estaba en línea o no, de ver qué foto tenía o no, porque a partir esas nimias boludeces mi imaginación me dejaba knock out, con un insomnio inmanejable, con la panza hecha un revoltijo y la angustia esa que me impide emitir siquiera una palabra.

Continuará...




jueves, 20 de junio de 2019

Capítulo 475 "Justo a ella"

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Iba a entrar a casa, pondría el filé de mediodía en el horno, que ya no tendría el mismo sabor, por esto de que nadie se baña dos veces en el mismo río porque pasado el tiempo ninguno es el mismo, ni el río ni el que se baña. Bueno, el filé tampoco, pasado el día sabría a viejo, a agrio, a seco, para hacer juego con el momento que estaba pasando. Recordé que quedaba la mitad y un poquito de puré mixto, calabaza y papa. Con suerte habría también algo de pan. Inapetente como me sentía últimamente comía como pajarito, la mayor parte del tiempo tenía el estómago cerrado, entre mi Mare y Rocío me taponaban el cardias de nervios. Iba a poner el filé en el horno y acto seguido empezaría las tareas de desintoxicación. De ella. De mi cuando estoy con ella. Me vuelvo una pelotuda, una pelele, una varona domada, una macha tumbada, una inconsistente, no llego a ser ni mi sombra. Hasta que reacciono. Cuando ya no doy más. Como el día anterior al fin de semana fatal. Que se fue de mi departamento sin avisar. Vivía conmigo porque así se le cantó y así como asá desapareció aquella mañana. Sin motivo aparente. Apagó el teléfono durante todo el día. Teníamos cita con el cardiólogo y se había ofrecido a acompañarnos. Y yo esperando. Llamándola al ñudo. Para que respondiera el contestador de su móvil. Sumando estrés. Imaginaciones. Catástrofes. Hartazgo.

Y luego, como solía, apareció como si nada, porque ya se le había pasado el chiflete. No se daba cuenta de cuanto lastimaba con su comportamiento, por eso era inimputable, por eso después de la bronca me invadían la culpa, la tristeza, la pena, la impotencia, la tormenta después de la calma después de la tormenta. Porque no lo hacía a propósito, ella no era consciente, no lo manejaba, ya era clarísimo, lo que convertía a eso que le pasaba en algo inmodificable, o al menos bastante difícil de cambiar. Se me partía el alma porque ya estaba metida hasta el caracú. Mi Mare no había logrado cambiarlo en toda su vida, ni con medicamentos infinitos mediante, ni con psiquiátras y psicólogos infinitos mediante. Sí. Querer cambiar al otro es fascista, no corresponde, no se debe, mi problema era mío, tenía que cambiar yo, cosa que había estado intentando desde que nos conocimos, cada vez que volvíamos a vernos, a reconciliarnos; cosa que seguía intentando mientras caminaba bajo la llovizna hacia la soledad de mi hogar agrio hogar, buscaba y buscaba la fórmula para que la cosa funcionara, pero no podía, no la encontraba, no sabía si porque hacía lo mismo una y otra vez, yo, o porque no existía dicha fórmula. Si quería quedarme con ella las cosas eran como eran. Tómalo o déjalo. Fin. Cada reencuentro era casi un calco del anterior, una belleza al comienzo y luego la guerra de Troya. Lo malo era que cada vez se daban más escuetas las bellezas y mucho más lungas las reyertas.

Y yo no podía ayudarla, no tenía las herramientas, además, ¿cómo ayudar a alguien que no quiere dejarse ayudar?, ya se preguntó alguna vez el coronel Sabina. Me di cuenta justo antes de la noche fatal que no iba a poder con eso, con ella. Cuando la dejé en su hotel, tras echarme el fardo a mi sobre decidir qué hacer, me tenía podrida con eso, enfilé sin dudarlo para el centro. Dejaba en mis manos la decisión de qué hacer luego para, acto seguido, atacarme con que todo lo decidía yo según mi propia conveniencia. ¿Cómo resolver eso? ¿Bastaba no llevarle el apunte? ¿Bastaba hacer caso omiso a sus buscarroña lapsus? ¡NO ME SALÍA! Faltaban un par de días para la cirugía de la Vieja. Ella, imbuida en su mierda móvil no prestaba atención de a dónde íbamos, siempre segura de llevar el timón, se relajó mirando sus whatsapp, su face, y claro, cuando frené frente al hotel la cara se le transformó. Como siempre hacíamos sus planes, según estuviera o no enojada, según tuviera o no ganas de esto o aquello, según se sintiera bien o masomenos, se sorprendió mucho de mi decisión de sacármela de encima. Justo a ella.  JUSTO. (Sigue)

Continuará...



jueves, 13 de junio de 2019

Capítulo 474 "Eterno retorno"

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Llegué a casa alrededor de las nueve menos veinte, seguí de largo. El temor a lo que podía llegar a hacerme a mi misma sola y encerrada fue más fuerte. No hablo de suicidarme ni nada de eso, para tanto no, creo, pero iba a empezar a torturarme como había hecho durante toda la enfermedad de mi Mare mirando en internet las informaciones más nefastas sobre los pacientes de tercera edad con cáncer de endometrio, luego no dormía, claro, y nunca pude dilucidar por qué me hacía eso, nunca. Iba a mirarle el facebook a ella con la cuenta de mi trabajo, porque el mío oficial me lo había bloqueado y así quedé desde esa vez y para siempre. Iba a tratar de encontrar alguna evidencia que confirmara que estaba con otras, era casi cantado, ya lo sabía yo, pero confirmarlo era como meter el dedo en la llaguita y escarbar y escarbar y escarbar. Y luego iba a mirarles el facebook a sus supuestas otras novias, que le comentaban las pocas fotos que dejaba públicas, le ponían piropos o cosas así, y ella lo dejaba a la vista de todos para que yo pudiera ver que Fulana la valoraba, que Mengano la pretendía mientras que yo, desalmada de porquería, no la llamaba cada media hora para ver cómo se encontraba ¡y encima protestaba porque se angustiaba! ¿Se puede ser más hija de pe? El misterio grande era porqué, tras dejarme “para siempre”, tan disgustada y descontenta, volvía, una y otra vez, era un eterno retorno.

Crucé la avenida de doble mano y dejé el auto en donde pude, como suelo, cerca del puestito de la policía. Atravesé la vía, apurada, tenía veinte minutos y antes necesitaba ir al baño. Pero ese día mi destino ineludible al parecer era ir a torturarme a casa porque una tras otra mis intentonas de huir de mi misma estaban siendo dinamitadas por la puta madre que me remil parió. Erré al creer que la suerte había cambiado cuando pude sacar la entrada por internet con tan poca anticipación. Hice la psicología inversa: pedí que no hubiera, entonces conseguí. JA, me dije. Pero faltando unos doscientos metros para llegar a la puerta la gente se convirtió en tumulto, cada vez más tupido, cada vez más apretado. Unos hablaban por teléfono móvil; otros se sacaban fotos; algunos comentaban risueños parados en donde quedara un espacio. Unos cuantos caminaban en dirección contraria a mi, se iban, pero eso no era nada raro, sí lo era el rejunte de gente y más gente prácticamente bloqueando la colectora de General Paz.

Caminé, a lo último ya abriéndome paso con trabajo, hasta la patrulla que cortaba totalmente la avenida. Había incluso un camión de bomberos. Ni atiné a decirme: ¿y ahora qué? Ya lo tenía clarísimo, mi deber era ir a casa a enfrentar la angustia, el vacío; sopesar, dentro de lo que pudiera, racionalmente el asunto con ella que tan a maltraer me tenía. Suele pasarme, no poder escaparme de mi. Tampoco me pregunté: ¡Oh! ¿Qué será lo que acá sucede? Porque en Argentina sobran pelotudos que hacen pelotudeces para joder la paciencia, para generar caos, confusión, como si no hubiese ya de sobra. El oficial me lo confirmó, estaban evacuando el shopping por amenaza de bomba, y ante mi propuesta de que me dejaran pasar igual porque la amenaza siempre era falsa el hombre sonrió, porque yo tenía razón, pero el protocolo era el protocolo. Di media vuelta y empecé a caminar, echando mierda a los protocolos, por donde había venido. Le mandé otro whatsapp a él, que no había respondido nada, lo enteré de que no habíamos podido entrar a ver su película por el bomba despelote. ¡Entonces respondió! (Sigue)

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martes, 11 de junio de 2019

Capìtulo 473 "Acucia"

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Hospital Fernàndez, cuarto con balcón propio.
Y es que ella quería eso, absolutamente todo lo que hacía o dejaba de hacer tenía como objetivo que una estuviera pendiente, pendiente para mal, no cualquier pendiente. Porque alguien que hace algo bello se gana la atención para bien, atrae con su gracia, con su talento, con sus dotes, su alegría, su felicidad, su música, su arte, su bonhomía, su generosidad. Pero ella atraía con lo repelente, con lo trágico, al menos a mi me atraía, no había encontrado otra manera de sosegar su sensación de eterno desamparo. La gente infeliz rompe las pelotas, me había dicho una vez un amigo. La gente infeliz vive atormentada, resentida, y llama la atención, pide auxilio de esta manera, qué le vamos a hacer. Lo paradójico era que esa actitud melodramática/victimosa para que no la abandonaran era lo que finalmente acababa con la paciencia de sus vínculos, amigos, parejas, que terminaban dejándola. Perdía al ser amado por lo que su miedo a perderlo le provocaba: ataques de angustia, necesidad de atención full time. Se quedaba sola, cada vez, por su miedo desmedido a quedarse sola.

La oscuridad empezó a darme un poco de miedo, estábamos en Argentina, en el barrio de Belgrano, caserón de tejas, zona norte de la Capital, lugar supuestamente seguro pero como en este país de impredecibles nunca se sabe… Tuve que encender el móvil, no me quedaba otra. Nadie había mandado nada de nada. Demasiado tranquila la cosa, me intranquilizaba. Me fijé rápidamente en el facebook, ese otro país de predecibles al que entro tan poco, a ver si había alguna notificación que previniera sobre este trágico martes trece, en realidad, sábado veintisiete. Busqué el grupo de marras y sí, ahí estaba la noticia que no hubiera querido encontrar: el café filosófico de Roxana Kreimer había terminado el sábado pasado y reiniciaba sus actividades en septiembre. ¡En septiembre! Casi desfallezco de la desazón. ¿Con qué mierda iba a llenar yo mi vacía vida sin ella de abril hasta septiembre? Sin ella y sin Roxana. Lamenté no contar con sus habilidades, esa capacidad que tiene de rápidamente encontrar suplentes, reemplazos de compañía, llámole yo la virtud “me da lo mismo cualquiera con tal de no estar sola porque no sopórtome a mi misma entonces que me soporte otre”. (Si es que puede).

Con una bronca tremenda volví caminando rápido, como si algo me acuciara. No tenía nada para comer en casa. Pasé frente a veinticinco restaurantes chinos, todos vacíos, ofrecían las más variadas comidas y bebidas pero no me detuve. No sabía a dónde llevarme pero no quería detenerme. Como si mantenerme en movimiento pudiera impedirme pensar en ella, angustiarme, quererla llamar, a pesar de todo. A pesar de que todos los días era un melodrama diferente, o quizá el mismo con alguna variante harto catastrófica. Que su hermana esto; que el trabajo en Madrí aquello; que su mare tal cosa; que el concubino de su mare tal otra. TODOS LOS DÍAS ASÍ. Una vez, en medio de un ataque de nervios, dejó deslizar su pretensión de que yo la llamara cada media hora para ver cómo se encontraba. Se había pasado quince minutos al teléfono llorando, con intervalos silenciosos de uno o dos, en los que yo preguntaba si aún estaba ahí. ¿CADA MEDIA HORA? No respondí. Ya había aprendido. Dijera lo que dijese no iba a poder consolarla, ella necesitaba eso, descargarse, echarme la culpa de todo, de su existencia ingrata, de su tortuosa angustia, de su insatisfacción eterna. Al final le había pedido disculpas porque no me sentía bien, que cualquier cosa me llamara, le ofrecí, corté el teléfono y me fui al baño a vomitar. (Sigue)

Continuará...



domingo, 9 de junio de 2019

Capítulo 472 "Sin reparo"

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Llegué a la puerta del lugar casi ocho en punto, con la lengua afuera. Toqué el timbre. Adentro no había luz, me pareció raro. En la calle había lugar para estacionar, eso también era raro, siempre estaba lleno y había que dejar el auto en el estacionamiento. La otra era la que había descubierto, dejarlo en la plaza de la glorieta, en donde bailaban el tango, y de ahí caminaba dos cuadras. Tampoco había nadie en la puerta... a esa hora en general recién estaban ingresando. Esperé un minuto o dos y toqué de nuevo. Nada. La llovizna seguía jodiendo, no había un solo techito en donde repararse. Suspiré con amargura. ¿Y ahora qué carajo pasaba? Una vez que me decidía a no encerrarme entre mis cuatro paredes-- ¿De nuevo el universo contra mi? ¡No le bastó con hacer arrancar el auto sin problemas que ahora esto! Miré para todos lados, no había un alma a quien preguntar algo, con semejante clima era la única merodeando por el lugar, bastante oscuro, por cierto. No quería volver a mi casa porque iba a empezar a pensarla, a extrañarla, iba a pasarme hasta que me viniera el sueño mirando a ver si por fin me había desbloqueado del whatsapp. Una vez más. Si tenía foto lo había hecho, si no, no.

Ese día había mirado eso unas doscientas veces, alguna menos, alguna más. Aunque a veces no la tenía, la foto, y no era que me había bloqueado, porque le escribía y el mensajito se tildaba con las dos rayitas milagrosas. Todo dependía del humor con que se hubiera o hubiese levantado. O de cómo hubiera o hubiese pasado la noche. Qué calvario. No iba a volver a encender el móvil porque me iba a tentar y quizá le escribía algo sólo para ver si seguía yo en la lista negra. NO. No quería escribirle más porque vivía enojada conmigo y yo se suponía que estaba harta y quería acabar con esta tortura. ¡Espero seguir en la lista negra! ¡Eso espero! ¡Claro que sí! Porque lo que me había hecho la noche fatal, que en verdad había sido fin de semana completo fatal, dos días antes de la cirugía de la vieja, ¡no tenía nombre! Yo yendo y viniendo al hospital, llevando y trayendo bombachas, polleras, zapatos, pantuflas, porque la vieja las pillaba y mojaba todo y entonces tenía que lavarlo lo más rápido que me fuera posible para que no se quedara en pelotas. Me llevaba las sucias y le llevaba las limpias. Dios mío. Y así y todo estaba insoportable mi Mare, que se aburría, que estaba sola y no sabía qué hacer, que a la noche casi se había caído, me contaba, para dejarme la mar de preocupada, para que no me fuera. ¡Tengo que trabajar!, le explicaba pero a ella le importaba un carajo. ¡Me crispaba los nervios!

Y encima la desalmada, la descarada, la desproporcionada de Rocío agregando nervios y estrés en la coctelera. Después de haberme dejado plantada un día entero porque se le había cruzado el moño con quien sabe qué pretendía que la recibiera con los brazos impolutos, con una ampulosidad que no se merecía. Pues no lo hice. El moño se me había chingado a mi. Llegó al hospital en taxi, bajé a recibirla y casi ni la saludé. Le pedí que me siguiera y ella respondió que primero tenía que comprar cigarrillos. ¿Ahora? ¿No puede ser en un rato? Listo. Bastó eso para que otra vez se pusiera sensible. Dio media vuelta y se fue. La seguí a como dos metros de distancia. Dios mío, pensé, no puedo con las dos a la vez, que no puedo. Ese fin de semana aprendí que a una mujer como ella hacerle eso, no recibirla con la alharaca que cree merecer… es un camino de ida. Hacia el infierno. (Sigue)

Continuará...



sábado, 8 de junio de 2019

Capítulo 471 "Un algo en el tintero"

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Cuando me di cuenta, consciente o inconscientemente, había doblado por la Avenida de los Incas hacia Belgrano. El puente de Crámer estaba cortado así que había un embotellamiento importante. En eso me vino el impulso. ¡Dejate de joder con esto! Dejate de dejarte enredar por esta gallega que no sabe lo que quiere y te acusa a vos de no saberlo. ¡Dejá de dejarte marear par no hacer lo que tenés que hacer! ¡Vos sabés lo que querés, Marina! ¿Sí? ¿Sé lo que quiero? ¡Claro que lo sabés! ¡El objetivo emocional del personaje! ¿Cuál es? ¿Qué quiere Marina? Sabes que no es a Jesús Quintero, ni a la gallega. ¡Lo sabés y te haces la pelotude! Una bocina me sacó del ensueño dialogoso con mi sinsentido común. Pedí disculpas y arranqué de golpe. Las ruedas delanteras del auto patinaron sobre el adoquín mojado. Tomé en dirección a Barrancas. Eran las siete y cincuenta. Estacioné en la plaza enorme y agarré el móvil. Decidida. Busqué el teléfono de él en mi agenda de contactos. Otras vez. Sí. Quería la revancha. Terminar como el culo la primera no quita que pueda haber una segunda, mucho más rimbombante, si dicen que no hay una sin dos, ¿o sí? Íbamos a comprobarlo.

Había quedado un algo en el tintero, una propuesta que le había hecho hacía tiempo y ahora que él acababa de estrenar su nueva película era el momento de recordarle, quizá se le había hecho algún agujero entre proyecto y proyecto y tenía algo de tiempo. O quizá andaba en busca de algo nuevo para hacer. Vaya una a saber. Sentí el entusiasmo corriendo por las venas, como cuando me tomé el primer avión En busca de Jesús Quintero. Le mandé whatsapp proponiéndole lo mismo que antaño pero algo más refinado. Ni lo dudé. Por acá es, me dije, más que excitada, cuando tomo el camino correcto no siento ningún resquemor, ninguna duda, simplemente lo hago, lo que sea, whatever, que le dicen. Y si piensa que soy una pesada que lo piense. Ya está hecho. Ahora que fluya. Como fluyó lo de los musos en Almodovar del Río, lo de Reverte en la feria del libro, dejemos a los aconteceres hacer avanzar esta historia que ellos son siempre más originales que yo.

Guardé el teléfono y me bajé del auto. Había viento y la llovizna me empapó el pelo en un minuto. Me cerré la campera y caminé hacia donde estaba la vía. Adelante mío la enorme y flamante estación recién inaugurada por nuestro benemérito presidente, la cuidad está quedando divina, empezamos a parecernos a Europa, lástima que la mitad de los niños no tiene qué llevarse a la boca y la mayoría de los jubilados no puede ya ni pagarse un remedio, que vacer… la política y sus contraindicaciones. Saqué el teléfono de nuevo, muy segura de a donde me encaminaba, que estos impulsos no se dan nada seguido así que hay que aprovechar la volada. La soledad es la gran talladora del espíritu, lo estaba comprobando, mandé un whatsapp a mi amigo guionista, también del equipo de él, si vamos a intentar armar algo vamos a intentar lo mejor. Acabé. Apagué el móvil y con gusto a misión cumplida enfilé para la calle Echeverría. (Sigue)

Continuará...




jueves, 6 de junio de 2019

Capítulo 470 "Piensa mal"

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Giré la llave en el switch y arrancó. Que lo parió. Una vez que quiero que me falle el auto el hijo de puta arranca como los dioses. No había pasado lo mismo el día aquél de la internación. Ese día crucial el puto no hizo ruido alguno. La batería murió de golpe y “por causalidad”, será que los autos también tienen miedo a las intervenciones quirúrgicas. Tuve que salir cagando en la moto para llegar a la residencia a tiempo y tomar un taxi hasta el hospital con la vieja y el bolso a cuestas. Piensa mal y acertarás. Pide mal y no, si lo pedís ya no te es concedido. ¡Que el auto no se rompa!, suplicás, y ahí se rompe pero si pedís lo otro… ¡nada!

Lo mismo hace ella, cuando le digo de vernos no quiere, que le da miedo, alega, porque solemos pelearnos; o no sabe si le parece bien, que se lo tiene que pensar; o me pide infinitamente que diga propuestas que se me ocurren para hacer y a todas les encuentra su defecto, con tal de discutir, con tal de hacerse rogar, hasta su misma propuesta termina siendo de su no agrado si ve que a mi me viene bien. Pero cuando a ella se le ocurre, de pronto, que quiere verme, cuando es a ella que le vienen las ganas alocadas, así, caprichosamente, si le digo que no, enloquece, me acusa de todo lo malo habido y por haber para, acto seguido, mandarme elegantemente a la mierda. Y así es ella, intensa, ansiosa, iracunda, fantasiosa, olvidadiza, novelera, perversa, cínica, tramposa, adorable, jodida... Entiendo que inconscientemente, pero jodida al fin. Y ese es el cóctel que me enamora. Badly.

Puse primera y me saqué de ahí, las luces del piso de arriba de la residencia empezaban a apagarse. Encendí el parabrisas y el desempañador. Había una humedad espantosa. Manejé, autómata, en dirección a mi casa. Se me cruzaba ella, intimaba con la nueva, ya habían terminado de cenar y ella la había invitado a su hotel, como había hecho aquella vez en Marbella, se había enojado conmigo por lo del ipad y volvió a las cinco de la mañana acompañada y borracha. Todo adrede. Para joderme a mi. Y ahora de nuevo. Era su mecanismo. Cualquier nada la hacía sentirse no valorada entonces se cobraba venganza de esa manera, saliendo con otras. No escatimaba en contarme luego, ya reconciliadas, que se había visto con Fulana, su ex, o que había ido al cine con Mengana, no su ex pero con la que alguna vez había pasado algo, aclaraba, porque Mengana estaba perdidamente enamorada de ella, y ella, qué sé yo... la quería pero como amiga, porque compartían pasión por tal o cual cosa, y había pasado algo alguna vez porque aunque no le gustara para nada “se había dejado llevar”. Eran sus maneras sutiles y crueles y siniestras de vincularse conmigo, y supongo que con todos sus vínculos cercanos. Porque me amaba me aporreaba. O algo así. (Sigue)

Continuará...