jueves, 13 de junio de 2019

Capítulo 474 "Eterno retorno"

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Llegué a casa alrededor de las nueve menos veinte, seguí de largo. El temor a lo que podía llegar a hacerme a mi misma sola y encerrada fue más fuerte. No hablo de suicidarme ni nada de eso, para tanto no, creo, pero iba a empezar a torturarme como había hecho durante toda la enfermedad de mi Mare mirando en internet las informaciones más nefastas sobre los pacientes de tercera edad con cáncer de endometrio, luego no dormía, claro, y nunca pude dilucidar por qué me hacía eso, nunca. Iba a mirarle el facebook a ella con la cuenta de mi trabajo, porque el mío oficial me lo había bloqueado y así quedé desde esa vez y para siempre. Iba a tratar de encontrar alguna evidencia que confirmara que estaba con otras, era casi cantado, ya lo sabía yo, pero confirmarlo era como meter el dedo en la llaguita y escarbar y escarbar y escarbar. Y luego iba a mirarles el facebook a sus supuestas otras novias, que le comentaban las pocas fotos que dejaba públicas, le ponían piropos o cosas así, y ella lo dejaba a la vista de todos para que yo pudiera ver que Fulana la valoraba, que Mengano la pretendía mientras que yo, desalmada de porquería, no la llamaba cada media hora para ver cómo se encontraba ¡y encima protestaba porque se angustiaba! ¿Se puede ser más hija de pe? El misterio grande era porqué, tras dejarme “para siempre”, tan disgustada y descontenta, volvía, una y otra vez, era un eterno retorno.

Crucé la avenida de doble mano y dejé el auto en donde pude, como suelo, cerca del puestito de la policía. Atravesé la vía, apurada, tenía veinte minutos y antes necesitaba ir al baño. Pero ese día mi destino ineludible al parecer era ir a torturarme a casa porque una tras otra mis intentonas de huir de mi misma estaban siendo dinamitadas por la puta madre que me remil parió. Erré al creer que la suerte había cambiado cuando pude sacar la entrada por internet con tan poca anticipación. Hice la psicología inversa: pedí que no hubiera, entonces conseguí. JA, me dije. Pero faltando unos doscientos metros para llegar a la puerta la gente se convirtió en tumulto, cada vez más tupido, cada vez más apretado. Unos hablaban por teléfono móvil; otros se sacaban fotos; algunos comentaban risueños parados en donde quedara un espacio. Unos cuantos caminaban en dirección contraria a mi, se iban, pero eso no era nada raro, sí lo era el rejunte de gente y más gente prácticamente bloqueando la colectora de General Paz.

Caminé, a lo último ya abriéndome paso con trabajo, hasta la patrulla que cortaba totalmente la avenida. Había incluso un camión de bomberos. Ni atiné a decirme: ¿y ahora qué? Ya lo tenía clarísimo, mi deber era ir a casa a enfrentar la angustia, el vacío; sopesar, dentro de lo que pudiera, racionalmente el asunto con ella que tan a maltraer me tenía. Suele pasarme, no poder escaparme de mi. Tampoco me pregunté: ¡Oh! ¿Qué será lo que acá sucede? Porque en Argentina sobran pelotudos que hacen pelotudeces para joder la paciencia, para generar caos, confusión, como si no hubiese ya de sobra. El oficial me lo confirmó, estaban evacuando el shopping por amenaza de bomba, y ante mi propuesta de que me dejaran pasar igual porque la amenaza siempre era falsa el hombre sonrió, porque yo tenía razón, pero el protocolo era el protocolo. Di media vuelta y empecé a caminar, echando mierda a los protocolos, por donde había venido. Le mandé otro whatsapp a él, que no había respondido nada, lo enteré de que no habíamos podido entrar a ver su película por el bomba despelote. ¡Entonces respondió!

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martes, 11 de junio de 2019

Capìtulo 473 "Acucia"

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Hospital Fernàndez, cuarto con balcón propio.
Y es que ella quería eso, absolutamente todo lo que hacía o dejaba de hacer tenía como objetivo que una estuviera pendiente, pendiente para mal, no cualquier pendiente. Porque alguien que hace algo bello se gana la atención para bien, atrae con su gracia, con su talento, con sus dotes, su alegría, su felicidad, su música, su arte, su bonhomía, su generosidad. Pero ella atraía con lo repelente, con lo trágico, al menos a mi me atraía, no había encontrado otra manera de sosegar su sensación de eterno desamparo. La gente infeliz rompe las pelotas, me había dicho una vez un amigo. La gente infeliz vive atormentada, resentida, y llama la atención, pide auxilio de esta manera, qué le vamos a hacer. Lo paradójico era que esa actitud melodramática/victimosa para que no la abandonaran era lo que finalmente acababa con la paciencia de sus vínculos, amigos, parejas, que terminaban dejándola. Perdía al ser amado por lo que su miedo a perderlo le provocaba: ataques de angustia, necesidad de atención full time. Se quedaba sola, cada vez, por su miedo desmedido a quedarse sola.

La oscuridad empezó a darme un poco de miedo, estábamos en Argentina, en el barrio de Belgrano, caserón de tejas, zona norte de la Capital, lugar supuestamente seguro pero como en este país de impredecibles nunca se sabe… Tuve que encender el móvil, no me quedaba otra. Nadie había mandado nada de nada. Demasiado tranquila la cosa, me intranquilizaba. Me fijé rápidamente en el facebook, ese otro país de predecibles al que entro tan poco, a ver si había alguna notificación que previniera sobre este trágico martes trece, en realidad, sábado veintisiete. Busqué el grupo de marras y sí, ahí estaba la noticia que no hubiera querido encontrar: el café filosófico de Roxana Kreimer había terminado el sábado pasado y reiniciaba sus actividades en septiembre. ¡En septiembre! Casi desfallezco de la desazón. ¿Con qué mierda iba a llenar yo mi vacía vida sin ella de abril hasta septiembre? Sin ella y sin Roxana. Lamenté no contar con sus habilidades, esa capacidad que tiene de rápidamente encontrar suplentes, reemplazos de compañía, llámole yo la virtud “me da lo mismo cualquiera con tal de no estar sola porque no sopórtome a mi misma entonces que me soporte otre”. (Si es que puede).

Con una bronca tremenda volví caminando rápido, como si algo me acuciara. No tenía nada para comer en casa. Pasé frente a veinticinco restaurantes chinos, todos vacíos, ofrecían las más variadas comidas y bebidas pero no me detuve. No sabía a dónde llevarme pero no quería detenerme. Como si mantenerme en movimiento pudiera impedirme pensar en ella, angustiarme, quererla llamar, a pesar de todo. A pesar de que todos los días era un melodrama diferente, o quizá el mismo con alguna variante harto catastrófica. Que su hermana esto; que el trabajo en Madrí aquello; que su mare tal cosa; que el concubino de su mare tal otra. TODOS LOS DÍAS ASÍ. Una vez, en medio de un ataque de nervios, dejó deslizar su pretensión de que yo la llamara cada media hora para ver cómo se encontraba. Se había pasado quince minutos al teléfono llorando, con intervalos silenciosos de uno o dos, en los que yo preguntaba si aún estaba ahí. ¿CADA MEDIA HORA? No respondí. Ya había aprendido. Dijera lo que dijese no iba a poder consolarla, ella necesitaba eso, descargarse, echarme la culpa de todo, de su existencia ingrata, de su tortuosa angustia, de su insatisfacción eterna. Al final le había pedido disculpas porque no me sentía bien, que cualquier cosa me llamara, le ofrecí, corté el teléfono y me fui al baño a vomitar. (Sigue)

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domingo, 9 de junio de 2019

Capítulo 472 "Sin reparo"

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Llegué a la puerta del lugar casi ocho en punto, con la lengua afuera. Toqué el timbre. Adentro no había luz, me pareció raro. En la calle había lugar para estacionar, eso también era raro, siempre estaba lleno y había que dejar el auto en el estacionamiento. La otra era la que había descubierto, dejarlo en la plaza de la glorieta, en donde bailaban el tango, y de ahí caminaba dos cuadras. Tampoco había nadie en la puerta... a esa hora en general recién estaban ingresando. Esperé un minuto o dos y toqué de nuevo. Nada. La llovizna seguía jodiendo, no había un solo techito en donde repararse. Suspiré con amargura. ¿Y ahora qué carajo pasaba? Una vez que me decidía a no encerrarme entre mis cuatro paredes-- ¿De nuevo el universo contra mi? ¡No le bastó con hacer arrancar el auto sin problemas que ahora esto! Miré para todos lados, no había un alma a quien preguntar algo, con semejante clima era la única merodeando por el lugar, bastante oscuro, por cierto. No quería volver a mi casa porque iba a empezar a pensarla, a extrañarla, iba a pasarme hasta que me viniera el sueño mirando a ver si por fin me había desbloqueado del whatsapp. Una vez más. Si tenía foto lo había hecho, si no, no.

Ese día había mirado eso unas doscientas veces, alguna menos, alguna más. Aunque a veces no la tenía, la foto, y no era que me había bloqueado, porque le escribía y el mensajito se tildaba con las dos rayitas milagrosas. Todo dependía del humor con que se hubiera o hubiese levantado. O de cómo hubiera o hubiese pasado la noche. Qué calvario. No iba a volver a encender el móvil porque me iba a tentar y quizá le escribía algo sólo para ver si seguía yo en la lista negra. NO. No quería escribirle más porque vivía enojada conmigo y yo se suponía que estaba harta y quería acabar con esta tortura. ¡Espero seguir en la lista negra! ¡Eso espero! ¡Claro que sí! Porque lo que me había hecho la noche fatal, que en verdad había sido fin de semana completo fatal, dos días antes de la cirugía de la vieja, ¡no tenía nombre! Yo yendo y viniendo al hospital, llevando y trayendo bombachas, polleras, zapatos, pantuflas, porque la vieja las pillaba y mojaba todo y entonces tenía que lavarlo lo más rápido que me fuera posible para que no se quedara en pelotas. Me llevaba las sucias y le llevaba las limpias. Dios mío. Y así y todo estaba insoportable mi Mare, que se aburría, que estaba sola y no sabía qué hacer, que a la noche casi se había caído, me contaba, para dejarme la mar de preocupada, para que no me fuera. ¡Tengo que trabajar!, le explicaba pero a ella le importaba un carajo. ¡Me crispaba los nervios!

Y encima la desalmada, la descarada, la desproporcionada de Rocío agregando nervios y estrés en la coctelera. Después de haberme dejado plantada un día entero porque se le había cruzado el moño con quien sabe qué pretendía que la recibiera con los brazos impolutos, con una ampulosidad que no se merecía. Pues no lo hice. El moño se me había chingado a mi. Llegó al hospital en taxi, bajé a recibirla y casi ni la saludé. Le pedí que me siguiera y ella respondió que primero tenía que comprar cigarrillos. ¿Ahora? ¿No puede ser en un rato? Listo. Bastó eso para que otra vez se pusiera sensible. Dio media vuelta y se fue. La seguí a como dos metros de distancia. Dios mío, pensé, no puedo con las dos a la vez, que no puedo. Ese fin de semana aprendí que a una mujer como ella hacerle eso, no recibirla con la alharaca que cree merecer… es un camino de ida. Hacia el infierno. (Sigue)

Continuará...



sábado, 8 de junio de 2019

Capítulo 471 "Un algo en el tintero"

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Cuando me di cuenta, consciente o inconscientemente, había doblado por la Avenida de los Incas hacia Belgrano. El puente de Crámer estaba cortado así que había un embotellamiento importante. En eso me vino el impulso. ¡Dejate de joder con esto! Dejate de dejarte enredar por esta gallega que no sabe lo que quiere y te acusa a vos de no saberlo. ¡Dejá de dejarte marear par no hacer lo que tenés que hacer! ¡Vos sabés lo que querés, Marina! ¿Sí? ¿Sé lo que quiero? ¡Claro que lo sabés! ¡El objetivo emocional del personaje! ¿Cuál es? ¿Qué quiere Marina? Sabes que no es a Jesús Quintero, ni a la gallega. ¡Lo sabés y te haces la pelotude! Una bocina me sacó del ensueño dialogoso con mi sinsentido común. Pedí disculpas y arranqué de golpe. Las ruedas delanteras del auto patinaron sobre el adoquín mojado. Tomé en dirección a Barrancas. Eran las siete y cincuenta. Estacioné en la plaza enorme y agarré el móvil. Decidida. Busqué el teléfono de él en mi agenda de contactos. Otras vez. Sí. Quería la revancha. Terminar como el culo la primera no quita que pueda haber una segunda, mucho más rimbombante, si dicen que no hay una sin dos, ¿o sí? Íbamos a comprobarlo.

Había quedado un algo en el tintero, una propuesta que le había hecho hacía tiempo y ahora que él acababa de estrenar su nueva película era el momento de recordarle, quizá se le había hecho algún agujero entre proyecto y proyecto y tenía algo de tiempo. O quizá andaba en busca de algo nuevo para hacer. Vaya una a saber. Sentí el entusiasmo corriendo por las venas, como cuando me tomé el primer avión En busca de Jesús Quintero. Le mandé whatsapp proponiéndole lo mismo que antaño pero algo más refinado. Ni lo dudé. Por acá es, me dije, más que excitada, cuando tomo el camino correcto no siento ningún resquemor, ninguna duda, simplemente lo hago, lo que sea, whatever, que le dicen. Y si piensa que soy una pesada que lo piense. Ya está hecho. Ahora que fluya. Como fluyó lo de los musos en Almodovar del Río, lo de Reverte en la feria del libro, dejemos a los aconteceres hacer avanzar esta historia que ellos son siempre más originales que yo.

Guardé el teléfono y me bajé del auto. Había viento y la llovizna me empapó el pelo en un minuto. Me cerré la campera y caminé hacia donde estaba la vía. Adelante mío la enorme y flamante estación recién inaugurada por nuestro benemérito presidente, la cuidad está quedando divina, empezamos a parecernos a Europa, lástima que la mitad de los niños no tiene qué llevarse a la boca y la mayoría de los jubilados no puede ya ni pagarse un remedio, que vacer… la política y sus contraindicaciones. Saqué el teléfono de nuevo, muy segura de a donde me encaminaba, que estos impulsos no se dan nada seguido así que hay que aprovechar la volada. La soledad es la gran talladora del espíritu, lo estaba comprobando, mandé un whatsapp a mi amigo guionista, también del equipo de él, si vamos a intentar armar algo vamos a intentar lo mejor. Acabé. Apagué el móvil y con gusto a misión cumplida enfilé para la calle Echeverría. (Sigue)

Continuará...




jueves, 6 de junio de 2019

Capítulo 470 "Piensa mal"

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Giré la llave en el switch y arrancó. Que lo parió. Una vez que quiero que me falle el auto el hijo de puta arranca como los dioses. No había pasado lo mismo el día aquél de la internación. Ese día crucial el puto no hizo ruido alguno. La batería murió de golpe y “por causalidad”, será que los autos también tienen miedo a las intervenciones quirúrgicas. Tuve que salir cagando en la moto para llegar a la residencia a tiempo y tomar un taxi hasta el hospital con la vieja y el bolso a cuestas. Piensa mal y acertarás. Pide mal y no, si lo pedís ya no te es concedido. ¡Que el auto no se rompa!, suplicás, y ahí se rompe pero si pedís lo otro… ¡nada!

Lo mismo hace ella, cuando le digo de vernos no quiere, que le da miedo, alega, porque solemos pelearnos; o no sabe si le parece bien, que se lo tiene que pensar; o me pide infinitamente que diga propuestas que se me ocurren para hacer y a todas les encuentra su defecto, con tal de discutir, con tal de hacerse rogar, hasta su misma propuesta termina siendo de su no agrado si ve que a mi me viene bien. Pero cuando a ella se le ocurre, de pronto, que quiere verme, cuando es a ella que le vienen las ganas alocadas, así, caprichosamente, si le digo que no, enloquece, me acusa de todo lo malo habido y por haber para, acto seguido, mandarme elegantemente a la mierda. Y así es ella, intensa, ansiosa, iracunda, fantasiosa, olvidadiza, novelera, perversa, cínica, tramposa, adorable, jodida... Entiendo que inconscientemente, pero jodida al fin. Y ese es el cóctel que me enamora. Badly.

Puse primera y me saqué de ahí, las luces del piso de arriba de la residencia empezaban a apagarse. Encendí el parabrisas y el desempañador. Había una humedad espantosa. Manejé, autómata, en dirección a mi casa. Se me cruzaba ella, intimaba con la nueva, ya habían terminado de cenar y ella la había invitado a su hotel, como había hecho aquella vez en Marbella, se había enojado conmigo por lo del ipad y volvió a las cinco de la mañana acompañada y borracha. Todo adrede. Para joderme a mi. Y ahora de nuevo. Era su mecanismo. Cualquier nada la hacía sentirse no valorada entonces se cobraba venganza de esa manera, saliendo con otras. No escatimaba en contarme luego, ya reconciliadas, que se había visto con Fulana, su ex, o que había ido al cine con Mengana, no su ex pero con la que alguna vez había pasado algo, aclaraba, porque Mengana estaba perdidamente enamorada de ella, y ella, qué sé yo... la quería pero como amiga, porque compartían pasión por tal o cual cosa, y había pasado algo alguna vez porque aunque no le gustara para nada “se había dejado llevar”. Eran sus maneras sutiles y crueles y siniestras de vincularse conmigo, y supongo que con todos sus vínculos cercanos. Porque me amaba me aporreaba. O algo así. (Sigue)

Continuará...



miércoles, 5 de junio de 2019

Capítulo 469 "Para luego"

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Ella estaba con la otra, con la que sí podría encontrar la felicidad y la armonía. Y yo no. Jamás. Porque soy complicada. Porque no me la juego. Porque no tengo claro el hacia donde y no soy empática, Rocío me lo repite siempre. Al final las viejas se la pasaban mejor que yo, tenían quien las cuidara, no estaban solas, actividades diarias les obligaban a involucrarse con otros; tenía el final de su vida resuelto, cosa que ninguno de nosotros, el final que nos espera en incierto, los hijos pueden morirse, pueden irse a vivir al otro lado del planeta, el cónyuge puede abandonarnos y quitarnos todos los ahorros de nuestra vida, si es que los tenemos, ¿y quién va a acercarnos el orinal ya imposibilitados de movernos? Sí, siempre está el tren que viene rápido por la vía pero para lanzarse a ello hay que tener agallas.

La lluvia caía sobre el parabrisas, me quedé un ratito en silencio. Puse la llave en el switch. Cuando algo nos es incierto siempre es lo peor, al menos para mi, siempre espera lo más terrible, y de lo más terrible no hay cómo escapar. Nunca. En el geriátrico estaban mucho mejor que yo que me tenía que retirar a la soledad de mi hogar. Pero para ellas Marina, bella, joven, talentosa, coherente y saludable, era inevitablemente feliz. Creemos que los demás son tan felices que nunca podemos igualarlos. Yo subía a mi auto gris, en una noche gris, con el alma vacía, sin ganas de nada, y Rocío se la estaría pasando bárbaro con la otra, porque ella es sociable, no es un bicho de biblioteca como yo; y las viejas tenían con quien pelear así que ni tiempo les quedaba para pensar en si eran o no felices; la única que dejaba escapar la vida como arena de la mano, la única que desperdiciaba posibilidades y más posibilidades era yo, que no había sabido valorarla a ella, que no era empática, que era una completa egoísta sin valores, sin coraje, y ahora se había encontrado a otra con quien reír, compartir y follar. Suena a una película peda de bajo presupuesto, reír, compartir y follar.

El vidrio se estaba empañando. Bajé la ventanilla un poco. Entró el aire húmedo y templado del exterior. Alguna que otra gota rebotaba y se metía mojándome la cara. Siempre se puede estar peor, me dije para consolarme. Imaginé por un momento que el auto no me arrancaba, los avatares terribles que eso conllevaría. No me sirvió. Hubiera sido una aventura, un imprevisto feliz de sábado por la noche vacío que no me arrancara el auto, entonces habría tenido con quien intercambiar alguna palabra, primero la persona del seguro que me atendiera por teléfono, habría hablado con ella, y luego con el señor remolcador. Dos humanos extraños se habrían cruzado en mi camino, quizá al remolcador le habría contado mi pena, o al menos le hubiera preguntado alguna cosa con tal de distraerme de la monotonía de pensarla. Nunca había estado tanto tiempo sin escribirme. Porque cuando yo explotaba tras sus idas y vueltas, tras sus te quiero/te odio, tras sus incoherencias, brotes, plantones y rodeos o, como ahora, tras esa noche fatal antes de la cirugía de la vieja, rápidamente pasaba ella a mode “rescatador”, a mode “quiero recuperarte y que hablemos”, entonces me escribía, por mail, por whatsapp, por texto, por algún lado, pero esta vez había pasado demasiado y no aparecía, más de unos cuantos días, que era lo mucho que aguantábamos sin estar en contacto. Para luego reconciliarnos de la manera más fogosa del mundo. Para luego volver a distanciarnos. Para luego (Sigue)

Continuará...



viernes, 31 de mayo de 2019

Capítulo 468 "El nudo"

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La soledad es la gran talladora del espíritu, así que tendría que ir enfilando para mi casa a tallarme un poco, me dije, pero no me moví de la silla. Seguía sin voluntad de retirada. En la tele pasaban un programa de preguntas y respuestas que nadie miraba. Afuera llovía más fuerte, las plantas brillaban y bailoteaban bajo el repiqueteo de las gotas. Pensé en ella. ¿Qué estaría haciendo en ese mismo momento? La imaginación, que siempre nos juega en contra, completó lo que faltaba: estaba conociendo a otra, cena mediante, en alguna mesa de restaurante. Y obviamente la otra era más amena que yo, tenía más paciencia, era más demostrativa, coincidían en miles de cosas, etc. La había conocido en su nuevo local de manicuría. Enojada como estaba conmigo porque no había adivinado yo telepáticamente que ella se encontraba mal, o que ella necesitaba que la llamara a tal o cual hora, o que ella hubiera querido que le dijera o dijese buenos días, buenas tardes o buenas noches, o todo junto, le dio conversación a la cliente, era joven, inteligente y sensual, la cliente. Impulsada por la sed de venganza, para escarmentarme que yo no la valoraba como era debido, la había abordado como ella sabe. Y con esos ojos que tiene... achinados y dolidos, con esa boca que escucha entreabierta y cada tanto se muerde el labio inferior, con esas pecas que pasan desapercibidas pero no para mi, con esa simpatía que le fluye al comienzo… ¿Cómo la otra no íbale a prestar atención?

Sábado por la noche's party.
Suspiré. Desde ultratumba vi a mi madre, volvía con una asistente, airosa, con aura de Calcuta. Delma quería ir al baño y como ella es de las pocas que caminan en la residencia, la mayoría está en silla de ruedas, se convirtió en una especie de cadete, todas le piden cosas y ella va y viene, del comedor a la cocina, de la cocina a la pieza, busca algún objeto y se lo alcanza a la impedida; o viene con la asistente ante alguna urgencia, como en este caso, urgencia de baño de Delma. Entonces se siente útil. Cuando estés mal andá a ayudar a alguien que esté peor que vos, aconsejaba Facundo Cabral, le pegué el cartel con la frase frente a la cama el día que se mudó ahí y lo puso en práctica, y le hace bien, se olvida de su ombligo, de sus problemas, que no son tales sino nimiedades como el aburrimiento, o el pensar demasiado. Mi madre siempre se hizo problema por no problemas, siempre exageró todo hasta el hartazgo con tal de tener espectadores pesarosos teniéndole la vela, intentando consolarla. Y cuando el espectador se cansaba rápidamente encontraba a otro porque las personalidades como la de mi madre, como la de Rocío, hipnotizan, atraen, seducen, brillan, más luego… cuando la oscuridad emana de sus entrañas, cuando la reiteración se hace demasiado reiterativa… abruman.

Chau Pinela.
Las asistentes empezaron a acompañar a las abuelas a sus respectivas camas. Una a una, despacito, con paciencia. Los dolores de huesos protagonizan la escena final del día. Ya todas habían tomado su medicación, luego tocaba el baño y chau Pinela. Me saludaban sonrientes. Que la pasara bien, me dijo una, segura de que yo, con mi vida toda por delante, era la mar de feliz; posiblemente pensó la vieja que de ahí me iba yo a pasármela de pelos en compañía. El cuerpo no me duele, puedo correr y bailar, hay que ser bastante pelotudo para no ser feliz con todo eso. Me levanté de la silla de los pelos, me despedí de mi Mare y, tras esperar una hora y media a que me abrieran la puerta, bajé los escalones del frente de la casa, despacio, con el nudo del mal de amor en la garganta. (Sigue)

Continuará...