martes, 9 de enero de 2018

Capítulo 174 "Alma desfachatá"

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Aunque se diga lo contrario, uno elige por quien dejarse romper el corazón, decía Arlt. Yo ya había llorado por ella un poco pero era el exceso de alcohol, de fumata, los despioles de mi mare achaquienta, la música melosa que justo justo sonaba en LIVE y decía que nada es para siempre y ella moviéndose como loca con su pollerita corta y su gracia infernal... Había llorado pero algo en mí me decía que todavía había vuelta atrás, que si quería podía retroceder sobre mis pasos, elegir, volverme a Sevilla en micro, encerrarme enfermamente en el cuarto oscuro del hostal y ponerme a escribir lo acumulado que ya tenía sucederes para tirar manteca al techo.

Todavía se agarraba del techo de la Hummer, vuelvo a la autovía, a la madrugada del 31, a cuando yo todavía era yo y podìa elegir: Los del control de alcoholemia ya casi encima nuestro, yo sin mi pasaporte. El chico de moñito, borrachísimo, se agarraba del techo de la camioneta para no caerse, había vomitado hasta lo que no tenía. La muchacha desacertada lo mantenía sentado en la camioneta para que pareciera sobrio, aunque dos por tres se le ladeaba. Ya eran casi las ocho de la mañana, empezaba a asomar cierta claridad. Se había sumado a nosotros el auto de esa Lomana que estaba muy tuneada y maquillada pero no podía bajarse de él, o no quería. La gitana cortó la comunicación con el loco y se acercó a la recién aparcada, a mi no me miró más, se inclinó hacía la tuneada por la puerta del auto para preguntarle si estaba bien. La señora la miró impasible, achinó los ojos sin soltar su preciosa carterita y emitió un sonido espectral seguido de eructo… Esto ya no mola ná, balbuceó la gitana.

Y no sé si lo hizo a propósito o no pero yo estaba al lado y con semejante escote que llevaba cuando se inclinó en el auto le pude ver hasta el alma desfachatá. Cerré los ojos para no verla más, para encontrar la resistencia que en algún lugar mío debía estar ¡Hefe!, exclamó a grito pelado el de moñito, bajándose de la Hummer a los tropezones. ¡Porme una cañita que me he dejao er tabique a mediah! La muchacha desacertada nos miró con sus ojos grandes y extraviados, cada tanto se le escapaba una arcada y sonreía. Los modistos se pusieron uno al ladito del otro como barrera de arquero para que el policía viera al borracho lo menos posible, los dos con cara de poker. Y entonces el de la Guardia Civil empezó a caminar hacia el mamado. La gitana se pasó las manos por el pelo brilloso y lloviznado, no paraba de beber agua de una botellita. Y uno elige por quien dejarse romper el corazón, sí, pero nosotros acá ya no podíamos elegir un pito: estábamos fritos. (Sigue)

Continuará...

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