miércoles, 21 de febrero de 2018

Capítulo 208 "No me dejes sola"

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Me bajé del tren en Jerez, eran las 7:45 de la mañana, hacía un frío espantoso, tenía puesto el saco de lana de Ella, veinte euros en el bolsillo y trece eran para el boleto de vuelta. No le había avisado que venía porque salí como una loca de la colina, me agarró el impulso enfermo y no pude con él, tuve que decirle a Rocío que estaba tomando un remedio y tenía que ir a mi hostal, que no podía cortar el tratamiento. Entré al primer bar que encontré y le pedí al mozo si podía poner a cargar mi móvil, estaba casi muerto, si no no la iba a poder llamar a la Gitana, pedí un café de un euro. Me acordé de cómo había terminado la última vez que me dejé llevar por un impulso de estos. Curiosamente el tipo era evangelista, me reí sola cuando me acordé, el tipo era evangelista y había sido ladrón pero no ladrón de viejas pobretonas, ladrón de bancos, me aclaró la segunda vez que nos vimos, y yo me enamoré.

Lugano R
Hacía tres meses que salíamos, agarré el auto y me fui a su casa a las dos de la mañana, me había dicho que no quería verme más porque yo no iba a su iglesia y eso significaba que no lo daba todo por la relación bla bla bla, su casa quedaba en Lugano, una suerte de Bronx porteño. Me estaba esperando en la puerta, fuimos a una estación de servicio y hablamos, yo le prometí que iba a ir a su iglesia aunque sea para probar, eso me decía él, que probara y si no me gustaba, chau. Pero la cosa fue de mal en peor, el tipo cada vez más celoso, quería verme todos los días y si yo no quería era porque lo estaba engañando, inventaba que me había visto con otro, le echaba la culpa al diablo, de todo, que el diablo me había puesto en su camino, que sus celos eran culpa del diablo, que yo tenía al diablo adentro.

El enfermo en el templo aquel día
Habíamos pasado el día en una pileta de agua salada, yo dos por tres lloraba y él me consolaba como si no fuera el responsable. Me tenía podrida y cada vez más asustada porque era grandote, hijo de yugoslavos, así que fui a su mierda iglesia para que me deje de joder. Espanto. Era de los que se acercan al pastor y tiemblan y caen al piso. Después de la parafernalia esa me llevaron a un lugar atrás del escenario y una señora me rezó en un rincón, tenía que repetir lo que ella decía. Cuando volvíamos en el auto él me preguntó si había tartamudeado en alguna parte, supuse que convenía decir que no y entonces se alegró: ¡No tenes al diablo adentro!, me dijo el imbécil, yo para entonces había adelgazado diez kilos de los nervios, no sabía cómo sacármelo de encima. Y fue mi mare, la que ahora me tiene a maltraer, mi mare, a la que a veces le deseo la muerte y a veces le suplico que no se le ocurra dejarme sola en este mundo horroroso, ella fue la que se puso los pantalones, lo llamó, nos sentamos los tres en la mesa del comedor y le dijo que yo no quería verlo más. El tipo me miró, que me lo diga ella, dijo. Y yo me animé. Le abrimos la puerta y se fue. Años después lo volví a ver, me siguió con el auto. Me puse a llorar. Porque recordé eso de mi mare. Me puse a llorar en el bar. (Sigue)

Continuará...


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