jueves, 29 de marzo de 2018

Capítulo 231 "Destapujeando viejas beatas"

CAPITULO ANTERIOR

Esta no soy yo, me dije. ¿O sí? ¿Habré sido una que no era hasta ahora y resulta que me estoy destapujeando? La verdad es que ser monógamo siempre me resultó un poco embolante, es cierto, nunca duré tanto como para suicidarme pero la experiencia más larga que tuve fue bastante monótona, posiblemente tenga que ver con a quién una se busca y dime con quien andas y te diré etc... Quiero dejar de ser etc, me dije. Aquel día en Alaska pequé de etc, los tres exóticos me miraban proponiéndome jugar a pasarla bien un rato pero yo me asusté, les pedí disculpas y salí rajando por la escalerita del iglú, a refugiarme en la seguridad de lo conocido, con mi novio newjersino, con la monogamia y la heterosexualidad, dos viejas beatas y malhumoradas. Los tres se rieron al verme reaccionar así, y supongo que luego la habrán pasado bien, sin mi, manojo de culpas.

Ubrique. Haciendo lo que hay que hacer: no depender de nadie.
Quiero dejar de ser etc, me dije culposa, mientras la Sensual de Ibiza volvía a mirarme con sus ojos negros y me quitaba el vaso de la mano, porque yo no iba a tomar de eso otra vez que casi me muero quemada viva. Se lo dio a Él. Él lo dejó a un lado, tenía unas ojeras bastante pronunciadas, de lejos no se le notaba pero de cerca, iluminado por la tenue luz de la mesita de cama, mi protagonista tampoco tenía buen aspecto; es más, no sé quien de los dos se veía peor. Pero la Sensual parecía no notarlo, estaba cada vez más encendida y yo observaba cómo se iba transformando, trataba de dejarme contagiar pero eso no es a voluntad, ni insolada, ni alcoholizada como estaba cedía mi estructura escueta, porque la cabeza es un bicho raro, poderoso, y la represión también.

Me pidió que me de vuelta. No lo hice. ¡Anda, tía, que no te-- Obedecí, luchaba conmigo, con mis creencias, con mis valores pseudomorales, inventados por algún apollardao. Me levantó los brazos y me quitó por arriba la blusa blanca (de Ella). ELLA. Mi Gitana estaba ahí de alguna manera y si la pensaba me daban ganas de llorar, tras cartón. Me ardió toda la espalda cuando el género me rozó la piel quemada. Me recorrió con sus manos frías y me estremecí. La verdad está en el cuerpo, tu verdad, Marina. Volvió a tocarme el pelo, dijo algo pero no entendí hasta que se acercó, entonces pude escucharla, su acento gallego empezó a ayudarme un poco. Me desabroché el corpiño y quedé con el torso desnudo, mi piel hirviendo, los hombros al rojo vivo. La miré y sentí un pudor enorme. (Sigue)

Continuará...

No hay comentarios.:

Publicar un comentario