sábado, 6 de enero de 2018

Capítulo 171 "A tantas cosas..."

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Me llevó cierto tiempo darme cuenta de en dónde estaba y con quién; era la madrugada. Ella me había descubierto dándome la ducha y terminamos en su pieza. Intentamos algunos besos pero rápidamente nos habíamos quedado dormidas; no dábamos más. Me desperté por sus caricias, pasaba lentamente por mi panza la yema suave de sus dedos pintores. La cabeza me latía como un shimé. Abrí los ojos. Por la ventana entraba la claridad de la borrasca que no amainaba, un poco me empezaba a asustar, de la tormenta, de ella, de mi. Me había dormido en una cama que no era la mía, cosa que no pasa desde que nací. ¿Y cuánto hacía que no me despertaba con alguien? Ella me exploraba hermoso, jugaba a descubrirme reacciones involuntarias, me desafiaba con el cuerpo, a ver hasta donde era capaz de aguantarme. ¿Y tú a qué le tiene miedo?, preguntó mordiéndome la oreja con su boca.

A tantas cosas, pensé mientras sus ojos, clavados en los míos, estaban a punto de escandalizarse porque ¡en este liado momento mira lo que etá mirando tú! Ella, que andaba sin sujetador, seguía caminando errática por el asfalto de la autovía con el móvil en la oreja. Todavía lloviznaba. El tipo de la Guardia Civil a escasos metros de nosotros, los modistos se miraban espantados, ya enmudecidos. El muchacho de moñito asomado por la puerta de la Hummer floreada devolvía a este mundo todo lo que había tomado de más, y de menos también; la chica desacertada le sostenía con asco la cabeza de la frente, estaba por vomitar también. Pero yo no tenía la culpa ¿O sí? Ella era la que estaba sin corpiño, su erotizante bombín azul, las dos completamente borrachas, creo que yo un poco menos, ella ofuscada, me había ignorado durante toda la noche, bailaba con quien se le cruzara de la manera más atractiva del mundo y luego cuando me vio charlando con la DJ puso una cara que ni se molestó en disimular, dio media vuelta y se fue. ¡Si yo no corro tras ella me deja en LIVE abandonada para toda la vida!

¡Joe que aonde taba tú!, exclamó alterada pero bajito al teléfono, sin perder su decoro. Discutía supongo que con el loco en ese andalú tan guapísimo y yo no podía dejar de mirarla aunque el de la Guardia Civil hablaba ahora con uno de los modistos. Quería besarla ya, meterme entre ellos dos, arrastrarla de la mano hasta el bosquecito de la vera de la ruta, ahí mismo sacarle la remera oscura, tirar el móvil a la mierda y sobre el pasto mojado hacerle la guerra de los roces hasta decir basta, como dos párrafos más arriba, como dos semanas atrás.

¿A qué le tengo miedo? Traté de pensar, de responderle algo pero no pude, me di vuelta en la cama y la agarré de la nuca porque ella me seguía buscando, le di un beso inesperado, irreconocible, bajé por su cuerpo con una de mis manos como si supiera, de pronto yo no era yo… Sus ojos gitanos se escondieron embriagados entre mi pelo mojado. Ole, volvió a decirme al oído… Y sí que hay males de ojo de los que no se vuelve, como la esperanza, son males que nos van matando de a poquito… (Sigue)

Continuará...

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