jueves, 18 de enero de 2018

Capítulo 182 - "En vilo"

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Empecé a fumar, me calma un poco los nervios, cigarrillo non santo, eh, me ayuda a no pensar en esta gente, en que Ella no me atiende el teléfono, en que Él es un chiflado perverso. ¡Anda con dos! ¡Lo sé! ¡Y lo escribo! ¡Porque estoy que me como los codos! ¡Estoy que no doy más! Me lo chimentó El Poeta el otro día y relataré la escena de la cual fui testigo en vísperas de navidad que lo deja más que claro. No tendría que escribirlo porque es pasarse de la sintagma pero me importa un pito, me cago en la confianza que me dieron. ¡Se me ha ido la olla! ¿Y qué? Además de esa tarde se disparan en mi persona/je un montón de dilemas morales interesantísimos y eso es lo que importa, EL RELATO. Si hubiera visto usted la escena, bellísima, inefable... es la prueba de que puede pasar de todo sin decir de nada. Silencio:

Estábamos los cuatro en el comedor de la casa de Punta Umbría. Ella y su bello niño armaban con gran devoción un arbolito de diarios en homenaje al Periodista de los Silencios. La gitana lo tiene idealizado, ahora lo sé con certeza, y su niño lo ama también, obvio, si usted es de Boca su hijo lo será, si no llévelo al psicólogo porque ha parido un antisistema. Habíamos llegado hacía unos días al paraíso de El Portil. Ella y yo no habíamos vuelto a tener deslices lujuriosos y nadie había tocado más el tema, supimos manejarlo salvo cuando nos mirábamos a la hora del almuerzo o de la cena, ahí dos por tres se nos escapaba alguna chispa. Yo les conté que en Argentina pasarse la sal sin mirarse a los ojos traía mala suerte así que a ella se la pedía seguido y ahí me hacía de la inspiración. En alguno de esos cruces pude ver su anhelo vehemente de mi mano enjabonándole la espalda.

Espatarrada en el sillón los observaba haciendo la tarea. Ella es una madre muy hermosa y creo que este comentario sobra. El loco miraba sin ver indiferente con cuarenta diarios en su regazo y un marcador fluorescente en la mano. La tele encendida. Su vaso de jugo. Entonces le sonó el móvil, miró el display, se levantó dejando caer todos los diarios al piso y salió. Ella y su bello niño continuaron con su tarea pero yo lo seguí con la mirada hasta el palier. Atendió y si bien su sonrisa tímida/seductora fue suficiente para confirmarlo encima agregó alguna que otra miradita culposa/temerosa hacia nuestro lado. Yo me hacía la que escribía. Ella lo miró y se quedó mirándolo un momento. Volvió al arbolito y a mirarlo de nuevo ya con la cara un poco menos relajada. El niño no se decidía, si quería cenar en casa o salir. Yo seguía en mi pantalla. Él terminó de hablar y se reunió de nuevo con nosotros. Ella siguió con el arbolito como si nada pasara. Y yo seguí escribiendo sobre ellos frente a ellos como si nada pasara. (Sigue)

Continuará...

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