jueves, 1 de marzo de 2018

Capitulo 213 "Murrungato olvidado"

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Jardín de infantes Murrungato
Y esta Chica me desconcertaba todo el tiempo, porque me cuidaba. ¿O es esto lo normal entre las personas y yo fui una chica descuidada? Mi mare, la que ahora me vuelve cuerda, cuando era chiquita creo que me cuidaba, a veces llegaba tarde a buscarme al jardín de infantes entonces me metían en un cuartito espantoso de dos por dos a dónde metían a los chicos de los padres tardadores u olvidadizos, y sí, la verdad es que me sentía espantosa pero creo que fueron una o dos veces nada más. ¿Ser olvidadizo es desamor? ¿Si usted se olvida de leer mi blog es porque no me quiere? ¿O es que anda preocupada con otras cosas? ¿Será que la Gitana es así cuidona y no es que lo hace sólo conmigo? ¿Y por qué a veces se olvida de que existo?

Levanté la vista, me había quedado mirándole el torso desnudo mientras me pasaba la crema, me la pasaba como haciéndome el amor con las manos, y yo la miraba absorta porque aunque no diga nada estaba teniendo una crisis de identidad que te la voglio dire. Ella es chica, no tiene pelos en el pecho, y la noche anterior habíamos estado de titanes en el ring en la cama juntas por segunda vez, ¿me comprende? Y lo más desconcertante era que siempre que alguien me quiso cuidar desconfié, pero a Ella la dejaba. La miré. Había dejado de pasarme el protector, estaba esperando que vuelva de mi viaje astral por sus terrones de azúcar. Me embadurnó la cara con cuidado para no meterme en los ojos, me puso hasta en las orejas con el índice, lo usaba como si fuera un pincelito, y es cierto, de las orejas nos olvidamos y después no podemos apoyar la cabeza en la almohada. De las orejas y de tantas otras cosas...

Sonrió como si me entendiera. Me pasó el dorso de la mano por la mejilla y se recostó sobre la lona boca abajo, desnuda, esperando que le pusiera el menjunje. La embadurné toda, le puse mucho en la cintura y las caderas porque se me iban las manos hacia ahí, y después me recosté sobre Ella, esas cosas que creemos van a ser muy eróticas porque una se olvida de que pesa sesenta kilos, y el pobre que queda abajo aguanta un poco hasta que suplica que nos salgamos, que no da má. Ella no suplicó nada pero pude sentir su respiración cortita y trabajosa. Antes de salirme la agarré de las manos, le corrí el pelo con la boca, le olí la nuca unos segundos y no pude no besársela un poquito, el beso más intenso que había dado hasta entonces; me dejé caer a su lado. Ella apoyó la cabeza sobre sus brazos. ¿Y qué hago ahora contigo?, imaginé que decían sus ojos gitanos. No sé, respondí, me lo decía a mi. (Sigue)

Continuará...

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