domingo, 29 de julio de 2018

Capítulo 316 "El porqué de la rotonda"

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Sí, quizá tendría que ir a la guerra, exponerme de verdad a la muerte, y así sí me funcionaría la fórmula Nietzscheana, así dejaría de tener tanto miedo a las reacciones humanas, pero, ¿sabés qué? Yo creo que me pasaría como a Tom Hanks, cuando recién vuelve de la isla desierta valora todo, hasta el más mínimo detalle, y no le tiene miedo a nada, a nada, pero a la semana de vivir en un piso con ducha caliente se le va el efecto y de nuevo se pone burgués, maricón, ya se le olvida todo, y ojo, irse a la guerra no es garantía tampoco, una vez escuché en un reportaje a una chica, tendría veinte años, le preguntaban sobre la guerra, vivía por aquellas zonas de medio oriente que están siempre peleando, bombardeando. ¿Y sabés qué dijo ella? Que le gustaba, porque cuando sonaban las sirenas se juntaba toda la gente en los puentes y charlaban y hacían música, como si fuera un picnic, mientras miraban a lo lejos los destellos de los bombardeos. ¿Viste vos? Qué imprevisible todo.

Así que yo pensando que me iba a tener que defender cuando llegara a la casa y la viera, pensando al ñudo, por esto de lo imprevisible, en miles de argumentos para decirle por lo del mensaje espantoso que, de paso, no volví a escuchar pero tenía guardado, para en un futuro, cuando me animara, evaluar si me seguía pareciendo tan desaforado o había sido todo producto de mi exageración, de mi dramatismo Belenestebiano. Vos no me conocés todavía, soy muy melodramática, pero no hago espamento entonces no se entera nadie.

La cuestión es que comí unos sanguchitos de jamón crudo con café con leche, más que apurada, y seguí viaje, quería sacarme ya el asunto de encima, a veces me agarra el pánico y a veces la premura, pero tomé para el otro lado, en la rotonda, mi móvil no cargó nada porque el cablecito finiquitó su útil vida así que, sin la tecnológica ayuda, cae de maduro, el humano se ha convertido en un idiota; hice diez kilómetros para el otro lado hasta que me avivé y pequé la vuelta. E imaginate, el terrible suceso ya estaba teniendo lugar, en el cuarto de Ella, qué doloroso, pero yo todavía no lo sabía, y si hubiera hecho caso a la receta dragoniana, de que las cosas pasan por algo, hubiera seguido hacia el rumbo equivocado y me ahorraba el disgusto. Hasta hoy, Morocha, hasta el día de hoy me sigue teniendo amargadísima. Vas a romper la ventanilla así, y no me imagino lo que sale un vidrio para este auto, no me quiero ni imaginar. ¿No podías esperar a que lleguemos? Ya casi casi que estamos. ¿O no? Mirá si nos para la cana, vos con olor a alcohol. (Pausa) Bueno, hacé lo que quieras. ¿Está rica? Dame un traguito. Más guapa que el habano le quedaba la cerveza, no te das una idea, Gordo, y ella creo que tampoco. (Sigue)

Continuará…


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