viernes, 27 de julio de 2018

Capítulo 314 "No hay mala noticia que por bien no venga"

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Una mala noticia siempre es una buena noticia, gritonea Dragó desde los confines, porque te obliga a buscar otros caminos. Éramos pocos y parió la abuela, el Místico se suma a la conversación como si supiera, está sentado en un banco de la plaza, sigue histeriqueando con Anna de Cataluña, ella le habla mimosona y él ha perdido ese porte seguro y arrogante, está que se derrite al espiedo, si ella ahora le pide la luna se la consigue; se van a ir juntos, cae de maduro, juntos a la luna. El Loco habla con gente del pueblo, onubenses que lo quieren mucho. Risita sigue bailando como un lunático y se han juntando algunas personas que le festejan sus payasadas; eso lo pone más lunático, hay gente que con los aplausos pierde el poco juicio que tenía. Yo ya pasé la etapa de muerta en vida, casi que no siento el cuerpo, mis hombros se han ampollado lindo, mi cara no quiero saber, ignoro si tengo temperatura, qué carajo estamos haciendo en esta puta plaza de Huelva en lugar de irnos a dormir, en realidad ya no sé si tengo cuerpo, si sigo con vida o esto es el Limbo de los bienhadados.

La cagada mayor es que siempre acierta, Fernando, el místico, siempre me da en el clavo, porque  que no estuviera Ella en la clase de yoga fue una buena mala noticia, me alivió los nervios, por un segundo, no iba a tener que enfrentar la posible mandada a la mierda, pero cuando se fue la última practicante y me quedé sola... A lo lejos se escuchaban exclamaciones andaluzas, venían desde el piso de abajo, los vecinos jugaban a las cartas. Saqué mi teléfono celular y miré la pantalla, eran las dos de la tarde, nadie me había mandado nada, ni el abogao, ni la chica que cuida a mi mare, ni mi amiga valenciana. Nadie. Nada. Ninguna calamidad que me sacara de este pozo desahuciado, ninguna mala noticia que me salvara de guatepeor.

El sol entraba por la ventana, me paré como para irme. Mi sombra en el piso me hizo acordar a ese día en la playa nudista, la Nueva Umbría, nuestras sombras alargadas sobre la arena del atardecer. Al día que quise matarla porque me dejó en medio del asunto, excitadísima, bajo la carpa de pareos, por atenderlo a Él, a Dios, Tirano y Creador. Al día que, en lugar de decirle que la quería matar, porque la amaba, como una idiota le conté toda la perorata de mi mare y sus achaques. No pude decirle lo otro porque en ese momento la odiaba, mucho la odiaba, entonces le hablé de mi mare, así conseguí no salir corriendo y llorando, no asfixiarla por la bronca que tenía, así fue que me supe calmar. (Sigue, pa colmo de bienes)

Continuará...

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