viernes, 10 de agosto de 2018

Capítulo 324 "El miedo en el medio"

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Miré la pantalla de mi teléfono otra vez. No sé pa qué. La catatonia seguía en mi cabeza, apenas movía los ojos sentía que se me descentraba algo, la estabilidad, el equilibrio, la consistencia; la seguridad. Mejor, pensé. La chica de Iberia terminó de atenderlos a ellos, la familia feliz. Di un paso adelante, esperando a que me indicara con la mirada que me acerque. Una voz parlante anunció el arribo de un avión de Buenos Aires, mi Buenos Aires querido. Venite conmigo le iba a decir apenas la viera, a Buenos Aires venite, con tu bello niño, si querés le decimos a la pianista que también venga y le conseguimos lugares en donde tocar, eso le iba a decir, apenas me viera, no iba a tener tiempo de asombrarse, ni de decirme qué haces tú aquí, nada, y ahí nomas le iba a confesar que la amaba, yo, decirle eso a alguien, no sabía si me iba a salir esa palabra, te amo, tan cursi que suena, no sabía, pero algo así, quizá el venite conmigo era suficiente, y mi manera de mirarla al decírselo, con eso no iban a quedarle dudas, porque Ella es muy instintiva, tiene eso primitivo que portan algunas mujeres, saben sin saber que saben.

Llegué a la casa y miré el panorama de lejos. Me senté en una suerte de fuente que hay del otro lado de la ruta, para hacerme la idea de tenerla cerca otra vez, para que decantara todo lo que estaba sintiendo, habíamos pasado una semana de locura ahí enfrente. Ver su auto estacionado me hizo emocionar, cuánto la quería yo a la hija de puta... (es pregunta). Y ver ese otro auto, uno entre bordó y marrón, no sé la marca porque acá los autos son distintos a los de Argentina, ver ese otro auto estacionado me tendría que haber prevenido, pero no, la verdad es que nunca me lo hubiera imaginado, todavía hoy me cuesta creerlo, pero lo vi, con estos ojos porteños. No me animaba a ir como una persona normal a tocar la puerta, me quedé un rato ahí sentada, esperando, a ver si salía alguien, hasta que no aguanté más. Haciendo un esfuerzo enorme por no perder la valentía me acerqué despacio hasta la casa, caminando con la bici a un lado, la remera se me había empapado de transpiración, había mucha humedad. No se escuchaba volar una mosca, era la hora de la siesta. La garganta ya se me había hecho cinco nudos marineros pero no me permití retroceder, le vas a decir lo que sentís, carajo, me repetía una y otra vez, y con ese mantra llenaba mi espacio mental, no daba lugar a ningún tipo de reflexión, de pensamiento, de recule.

¿Y ves lo que te digo? Yo a esta mina la amaba, la quería, pero tenía que llevarme de los pelos a confesarseló, otra vez el querer se me convertía en deber, porque se me entromete el miedo en el medio. Pero el valiente no es el que no siente miedo sino el que se anima a conquistarlo, me dijo un día Mandela, así que temblando como una estúpida di toda la vuelta hasta las ventanas que dan al estudio de Ella, y miré para adentro, a mi pesar... (Sigue)

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