sábado, 11 de agosto de 2018

Capítulo 325 "Otra cosa"

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Estudio Gitano
Sí. Volví a pensar en Ella, en mi Femme Fatale, en la Andaluza despiadada, en aquel día frente a las ventanas viendo hacia adentro de su estudio, con la bicicleta de alquiler a mi lado, con las piernas temblando por el esfuerzo en la clase de yoga. Volví a pensar en Ella buscando el dolor, la herida, alguna reacción, mi madre tiene este tipo de síndrome, de incapacidad, ella no llora, frente a situaciones espantosas no demuestra el más mínimo dolor, pero no es que lo reprime, que lo esconde, no, compleja o simplemente, ese sentimiento no está. La última vez que se cayó en la calle todavía estaba en Argentina, era la tercera vez en dos meses que aterrizaba, de pronto me di cuenta de que ya no podía andar sola, se había puesto vieja, ya no podía hacerse responsable de sus cosas, iba a tener que hacerlo yo, iba a tener que cuidarla todo el tiempo porque si no quizá se caía otra vez y terminábamos en el hospital. Podía pagarle unas horas a una chica para que la acompañara pero sólo unas horas, el presupuesto no daba para más, y mi padre no me ayudaba nada, aunque ella es mi madre gracias a él, así es la vida, respondió cuando le pedí ayuda, así es la vida pero de sus padres se hicieron cargo sus hermanas.

La causas de mis neurosis
Me puse a llorar, desconsoladamente, sentada al lado de su cama, ella con el yeso en el brazo, su cuerpo gastado, ya imposibilitado de valerse por sí mismo, vida ridícula, cuánto sufrimiento al pedo, desde que llegamos al mundo, qué imbecilidad que es la vida, aunque tratemos de inventarnos otra cosa. De un día para el otro el ser que me daba seguridad se había convertido en una carga, me sentí sola, la persona más sola del universo, porque ya no me cuidaba ella a mi, ahora era yo la responsable, no tenía ya con quien contar, a quien llamar si me enfermaba, a quien acudir en caso de algún lío, y sé que hay cosas peores pero cuando una no está expuesta a lo peor no lo sabe, y si no lo sabe no hay consuelo. Yo lloraba a su lado, no podía parar porque no sabía qué hacer, y mi madre me miraba y miraba el techo, sin emoción alguna decía: pobrecita, como si no pudiera llorar, como si no se lo hubieran incorporado a la maquinaria. Y yo no quiero ser así, no quiero, no quiero no tener sentimientos, posiblemente sirva para gobernar países, para conducir el mundo lleno de enanos mentecatos emocionales, sí, pero yo no quiero conducir el mundo, yo quiero escribir, poder seguir gambeteando con mi pluma y con el cuerpo sucederes imprevisibles. ¿Me había quedado sin sangre? ¿Así de pronto? ¿Era igual a mi madre y recién ahora me daba cuenta? ¿Por eso no podía decirle a Ella que la amaba? Ni pensar en esto me hacía reaccionar, frente a la muchacha de Iberia que ahora me pedía el pasaporte y yo se lo entregaba, sin titubear. (Sigue)

Continuará...

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