miércoles, 27 de noviembre de 2013

Preferiria no hacerlo

Alguna manera debía haber de hacerlo reaccionar. No puede ser que no sienta cólera, miedo, tristeza, alegría, algo debe agradarle, algo debe preocuparle, excitarlo, contentarlo, deprimirlo, saciarlo, sacarlo de su estado impasible el cual ya no soy capaz de soportar un día más!! -. El reloj despertador indicó que la hora del descanso había llegado a su fin. Abrí los ojos lentamente, los párpados pesaban como plomo y estaba totalmente exhausto; había dormido muy mal y las sábanas estaban empapadas en sudor. Levanté la vista y lo vi, Bartleby, su rostro pálido, pulcro, desolado me miraba desde los pies de la cama como todo el día me miraba sin descanso en la oficina; encendí la luz de golpe con el corazón en la boca y la imagen desapareció. Buf… tomé aire, agitado. Me levanté despacio, fingiendo estar calmo y con los nervios bajo control. En eso tropecé con la silla pegándome la pata de algarrobo en el dedo meñique del pie derecho lo que me produjo un dolor tan intenso que me llego hasta la coronilla y por el cual casi sufro un infarto generalizado por el padecimiento y me parto la cadera golpeando al caer al suelo. Pude a tiempo y no por suerte sujetarme con una mano de la manija del modular lo que provoco que el mueble tiemble y caigan sobre mí decenas de libros muertos que hacía siglos ni registraba. – Oh, el manifiesto de Bretón, cuanta nostalgia -. Cuando el último rebotó en mi calva cabeza escuche el ruido del jarrón traído de Alemania por tía Noelia haciéndose trizas contra el suelo. - Tía Noelia... Cuanto hacía que no pensaba en ella, vieja pederasta -. Pude sentir mis neuronas revolviendo trabajosamente en el arcón de los recuerdos y allí estaba, tía Noelia; contemplando un trozo de jarrón de Alexanderplatz recordé su comportamiento y con terrible excitación recordé que la conducta de tía Noelia era muy parecida a la del nuevo empleado que en la oficina me atormentaba sin tregua. Una noche, medio borracha, me había confesado estar enamorada de uno de sus alumnos de piano; ella tenía cuarenta y ocho y el niño estaba por cumplir los trece. Recuerdo la fina copa de lemonchelo peligrando entre sus dedos alcoholizados. Sus ojos desquiciados buscando la aprobación indulgente de mi parte. Nunca se lo conté a nadie, claro, podía imaginar a mi madre desencajada al enterarse del asunto sufriendo un colapso nervioso y a mi padre que era ciego de un ojo intentando sujetarla para que no saltara por el balcón. No, señor. Ya de chico preferí la vida fácil y esto era no confrontar ni buscar pleitos y menos aún armar un alboroto de esta magnitud en la familia; si la vieja estaba desquiciada no era asunto mío.

Con dificultad me puse de pie, el dedo se estaba hinchando al punto de parecer una salchicha pasada de hervor. Rengueando fui por un poco de hielo y recordando a tía Noelia se me había antojado un limonchelo así que me serví una copa. Eso era lo que tenía que hacer, tenía que emborrachar a Bartleby. ¡Y ya borracho lo expulsaría de la oficina para siempre! Por un segundo pensé en que tal vez me hubiera convenido casarme. A la gente casada no le pasan estas cosas.

Camino a la oficina pasé primero por el mercado donde compre un buen arsenal de licores baratos, algún vino y un vodka. Pensaba en el horario que me convendría poner el plan a funcionar. Teníamos que estar solos, no había otra manera. Así que esperé a que los tres viejos empleados terminaran su horario para quedarme solo con Bartleby. Como siempre, permanecía en su escritorio con la mirada fija en su papelerío. Aunque últimamente ya no trabajaba. Cualquier cosa que se le pidiese respondía, impasible – Preferiría no hacerlo-.

- ¿Gusta? – Lo sorprendí poniendo frente a él una copa desbordante de licor de menta. El caucásico miró la copa y luego a mí, volvió a mirar la copa. La tomó con sus dedos cadavéricos y se la llevó lentamente a la nariz. Olió. Volvió a mirarme, le sonreí, expectante.

- ¿Y? ¿Me acompaña? – Pregunté, entusiasmado.
Preferiría no hacerlo – dejó escapar de su boca sin mirarme.

Esa frase, esa frase que me taladraba el seso constantemente. Sentí la frustración trepándome por los huesos y un deseo vigoroso de gritarle, cogerlo de sus ropas, arrastrarlo por el suelo dando su cabeza contra las patas del escritorio, tomarlo por el cuello hasta dejarlo sin aire - ¡Lo odio! – Pensé - Lo odio profundamente ¿Qué es lo que quiere de mí? ¿Volverme loco? ¿Quedarse con mi oficina? ¿Con mi casa? ¿Eso quiere? ¡Entonces máteme! ¡Aniquíleme! ¡Déjeme seco! ¡Pero hágalo ya! – Tomé aire, me compuse - ¿Va a dejarme bebiendo solo? – Dije lo más cortésmente que pude – El hombre volvió a mirar la copa en un movimiento perezoso:

El licor barato daña el hígado – Me dijo
- ¿Barato? ¿Le parece que es barato? –

Casi desfallezco. Jamás hubiera imaginado que tuviera conocimiento de licores. Forzando la mejor de mis sonrisas fui en busca de la botella de vodka. De un trago me bebí su copa llena de licor y de otro bebí también la mía. Colmé las dos copas de vodka – Privilegio de pocos – Le mostré la etiqueta pero no la miró; sigilosamente tomó la copa y volvió a llevársela a la nariz. Así se quedó lo que parecieron ser largos minutos. Se llevó la copa a los labios y dio un sorbo – ¡Salud! – Le dije con una alegría inmensa y para festejar el triunfo vacié lo que era mi tercera o cuarta copa, ya no recuerdo. Me miró. Dejó escapar una tenue sonrisa y el cuerpo me tembló. Al parecer mi plan estaba funcionando, estaba abriendo el caparazón de Bartleby y entonces sentí miedo y un poco de lástima ¿Y si estaba comenzando a confiar en mí? ¿Y si era yo la única persona en el mundo en quien él podría llegar a confiar? Al parecer no tenía dónde vivir, por algo dormía en la oficina, por algo se negaba a irse ¿Quién sos? – Pensé con una angustia horrible en medio del pecho, pero no dije nada -. Yo, el único ser en el que Bartleby confiaría por siempre jamás y resulta que era un farsante, un fiasco, una engañifa intentando sobornarlo con alcohol para que me cuente sus secretos, para que me revele su mundo, su nombre, su locura ¡Hipócrita, testaferro, mal parido, jugando con la ilusión del pobre hombre - ¿Está bueno, no? – Le dije. No me contestó pero yo terminé mi quinta copa y llené la sexta en un intento de ahogar mi repentina angustia. Bartleby tomó su copa y se puso de pie; lo seguí silenciosamente con la mirada, caminó por la oficina hasta sentarse en mi sillón, ¡En mi sillón! con su rostro impasible, decente, insoportablemente pulcro, apoyó sus mugrosos zapatos sobre mi escritorio ¡Mi escritorio! se respaldó en mi sillón de pana verde, liberó un suspiro relajado y ahí se quedó. Cada tanto daba un sorbo al vaso de vodka. Y yo me serví ya mi noveno vaso o décimo, qué importa.


Para cuando Bartleby se hubo entonado un poco a causa del alcohol yacía yo a punto del coma alcohólico tumbado sobre una silla, mi torso impresentable y desparramado sobre el mismo escritorio en dónde Bartleby dejaba morir sus lágrimas inconfesables. Sí, estaba llorando. Había dormido yo un buen rato sin darme cuenta. El escribiente creyéndome inconsciente hablaba por primera vez como un ser humano; me contaba sobre su trabajo en la oficina de letras muertas – Julieta – Repetía y cada vez que la nombraba le temblaba el labio inferior. Continuó – Recibí cientos de cartas de ella, semana tras semana, siempre rebotaban en la dirección esa, decían no conocer el remitente. Entonces terminaban en mi oficina de cartas sin destino. Hasta que decidí abrir una y leerla. Sí, usted dirá, no se debe hacer eso pero… ¿Qué era lo que esa persona quería contarle a otra tan perseverante e insistentemente? - Dijo Bartleby con un hilo de voz. - Lo que no se animaba a decirle a él, a su marido, ella se lo escribía a los padres de él. Pero jamás las quisieron recibir. “Llevo días fingiendo que estoy bien sin estarlo, la relación con vuestro hijo se está tornando insostenible y no quiere irse de la casa”, ella escribió en su última carta, “vivo constantemente sonriendo y aguantando su falta de respeto; es tan poco hombre que me ataca y convierte su rabia en insulto” – Yo quería levantarme, abrazar al pobre Bartleby pero sabía que si lo hacía cerraría nuevamente su coraza. Él continuó – “Me muerdo el labio cuando me dice que no encontraría a otro como él, para no contestarle que esa era la idea... pero sé que no puedo dejarlo, en el fondo, no puedo, necesito ayuda, por favor…” – No aguanté más, Bartleby recitaba esa carta con el alma partida, su voz hecha un lamento; me incorporé como pude y lo vi, pobrecito. Las lágrimas brotaban de sus ojos pero su rostro no expresaba emoción alguna, algo en él estaba muerto. Terminó su copa de vodka, la dejó cuidadoso sobre el escritorio y volvió a su lugar de trabajo. Tomé la carta que había dejado sobre el mueble, leí un poco, me estremecí. En ella Julieta anunciaba que iba a quitarse la vida. Una frase subrayada en rojo aunque ya borroso me heló la sangre – Preferiría no hacerlo... - había marcado Bartleby en la carta - "A ustedes les digo que ésta es la última, ya no habrá otra, si no se va él, me voy yo, preferiría no hacerlo, pero me voy" – Algo en Bartleby se había ido con esa mujer. Y yo ahora conocía su secreto aunque, hubiera preferido no hacerlo.

2 comentarios:

  1. ¡Muy bueno! Y esperanzador para los que tenemos sueños inalcanzables, como deben ser.

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    1. Si! Eso le dije a Jesús cuando lo encontré: vos se supone eras inalcanzable, me tenías escribiendo y ahora que te encontré no sé qué va a pasar...

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